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Reflexiones en torno a Grupo de Estudio Miradas.

Como trabajadores de la salud mental y trabajo social en política pública, hemos venido realizando un trabajo sostenido en poder visualizar las condiciones de ejercicio de nuestro quehacer en un contexto neoliberal de pretendida protección a la infancia, y las consecuencias de las acciones u omisiones que repercuten en la praxis misma.
            La experiencia de hacer este Grupo de Estudios pareció de pronto cumplir con las tres aristas que nos motivaron para juntarnos como Grupo Miradas por vez primera a debatir: una función reflexiva y crítica en torno a nuestros contextos laborales, una función de supervisión respecto a nudos conflictivos que se generan en el espacio de la clínica, y finalmente una función formativa, toda vez que el saber es materia de interpretación y construcción entre los participantes antes que un dogma anquilosado que se distribuye en un ejercicio de repetición de términos.
            La intención fue intentar tensionar las encrucijadas de la época con las herramientas teórico-clínicas del psicoanálisis, reconociendo en este acto técnico una vertiente política que era necesario relevar: una política por la apertura y diferencia, ya que reconocemos en nuestro accionar profesional en contextos de intervención social el revés de la vigilancia y el control disciplinar de los cuerpos de aquellos que aún están en formación, de quienes no son todavía ciudadanos sino hasta que cometen un delito que los etiqueta como tales. Tensionar también las consecuencias generadas por los dispositivos estatales y privados que se erigen como especializados hacia la intervención con infancias, evidenciando entre ellas la constante fragmentación así como psicologización de problemáticas económicas y políticas que retornan cada vez que se intentan reprimir.
            Como profesionales de las ciencias sociales, nos interesó poder ampliar la mirada frente a las lecturas causalistas y reduccionistas de una concepción de la psicología hegemónica, en la que vemos el riesgo de una reproducción utilitaria de discursos, diagnósticos e intervenciones sin reflexionar sobre las condiciones de producción de dicho saber. Saber que por estructura excluye la verdad del sujeto. Ejemplo de esto lo apreciamos en la facilidad con que nociones que se imponen como exclusivamente técnicas revierten un cariz profundamente ideológico, tales como habilidades parentales o trauma complejo (como si algún trauma fuese de por sí simple).
            Ampliar la mirada también sobre la irrenunciable relación entre el ser humano y su semejante, de dependencia absoluta -en términos de D. W. Winnicott- en sus primeros orígenesen donde el Otro se requiere para dar respuesta a las necesidades del apremio por vivir, hacia una dependencia relativa que permita a alguien sostenerse solo a sabiendas de que hay muchos otros en los que se puede confiar cuando así se lo requiera. Pero también reconocer en ello los laberintos y atolladeros en que se puede transformar dicha relación cuando la media nada más que una imagen que no tolera las diferencias: somos en las palabras de otros que nos habitan, de aquel otro en nosotros que aparece allí donde hablo y no me reconozco. Reconociendo entonces aquellas mociones pulsionales de muerte y desunión que silenciosamente pueden desligar lo que el amor ha intentado construir.
            Sabiéndonos en construcción permanente, apostamos una confianza lúcida (Murillo) en el porvenir, ya que reconocemos en la comunión de ideas y debate la posibilidad de generar espacio potencial de creación que medie entre un acto de repetición de lo mismo y de la apertura ante lo novedoso. Una intención de movimiento desde una ciudadanía y práctica profesional enmarcado en el consumo, siempre de últimas modas en tal o cual intervención; hacia el reconocimiento y validación de las reflexiones clínicas, sociológicas y políticas de nuestro actuar. De consumidores a productores de un saber que no pretenda excluirse a sí mismo, para encontrar la verdad de otro: un saber no sabido.


Ps. Ignacio Fuentes L.
Santiago, junio de 2017

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